El balcón de Lola

Quiero contarte la historia de Lola, que vive desde hace poco en un piso de una zona residencial de Madrid. Se mudó por necesidad y el piso la enamoró. Era luminoso, tranquilo y tenía dos balcones. No eran muy grandes pero suficientes para imaginarse sentada fuera los domingos por la mañana, con su lectura favorita y su taza de té. 

 

Pero la ciudad la engulló, la mudanza, la rutina, los horarios de trabajo y esa idílica imagen se fue esfumando y trasladando cada vez más a la cola de sus preocupaciones. Su piso empezó a ser el escenario de fondo de una vida ajetreada y activa, siempre en movimiento, parando en ese decorado tan perfecto apenas a dormir.

 

En una de sus constantes salidas, visitó a una amiga que vivía en el centro de la ciudad. Lola llegó a su casa y la esperó en el portal a que bajase y con la intención de ir a tomar un café. Pero su amiga le propuso, “sube que quiero que conozcas mi terraza privada”. Algo exagerado sí que era su descripción, pero al subir, Lola vio reflejado la imagen de su oasis privado que había acabado enterrada por la rutina.

 

Su amiga tenía un pequeño balcón que daba directamente a la calle desde su salón. Apenas cabían dos sillas plegables. Pero se las había apañado para poner una repisa, tapar los barrotes con caña y forrar todas las paredes de verde. Enredaderas, aromáticas, suculentas y alguna que otra flor. 

 

A Lola y su amiga se les hizo de noche en ese pequeño oasis en el centro de la ciudad.

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Anochece en el balcón

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